
Director Artístico del Teatro Colón, Buenos Aires, Argentina - Director Artístico Orquesta Filarmónica de Buenos Aires - Director Artístico Flint Symphony Orchestra, MI
lunes, 1 de noviembre de 2010


El oráculo de Brahms
JOSÉ MANUEL CABRA APALATEGUI | ACTUALIZADO 31.10.2010 - 05:00"...Dvorak y Bruckner, protagonistas del cuarto concierto de abono que, bajo la batuta del director mexicano Enrique Diemecke, ofreció la Orquesta Filarmónica de Málaga el pasado viernes y en el que la renombrada Tatiana Vassilijeva, con un Stradivarius de 1725, ofició como solista en el Concierto para violonchelo y orquesta del músico bohemio. La violonchelista rusa y la orquesta ofrecieron una interpretación decidida y sensible, llena de claridad, de esta pieza transida de nostalgia que muestra el excepcional talento de Dvorak para escribir melodías inolvidables. El Bruckner de Diemecke fue definitivamente sorprendente; ágil y vigoroso a la vez; como un velocista alto y corpulento. Una Sinfonía Romántica (versión Novak) adaptada a nuestro mundo, a nuestros modos impacientes, que necesariamente va ligera de equipaje. Sin llegar a desnaturalizarla, la interpretación de Diemecke la despoja de gran parte del sentido espiritual, casi místico, que alcanza en lecturas más pausadas; quizás de otro tiempo, pero irrenunciables. Resultó un discurso coherente, brillante e impecablemente ejecutado… sólo que no todos teníamos prisa por ir a cenar."martes, 12 de octubre de 2010
El director mexicano celebra 10 años frente a la OSLB

Lucero Amador-Miranda/Lucero.amador@laopinion.com
2010-10-09
Enrique Arturo Diemecke está de fiesta.
Hace una década que se estrenó como director de la Orquesta Sinfónica de Long Beach y esta noche celebrará ese acontecimiento con lo que más le gusta hacer: música.
El tiempo ha transcurrido rápido para Diemecke y ese hecho lo ve con buen augurio.
"Por una parte, quiere decir que la situación es buena, que las cosas han ido bien", expresa el conductor mexicano. "[Estos diez años] han sido una experiencia buena y bonita".
Con el concierto de esta noche, From Russia With Love, Diemecke da inicio a la nueva temporada de la orquesta, en la que presentará varias sinfonías de compositores rusos.
El escenario será en Long Beach Performing Arts Center, el que ha hecho prácticamente su casa.
"Será un recorrido mu-sical fascinante", expresa el maestro.
Diemecke es un hombre de ciclos, como él lo define. Las temporadas con las orquestas que ha dirigido son largas, y es quizá eso lo que ha logrado afianzar una cercanía con el público y con sus músicos.
"Hemos sido muy afortunados en tener un buen público", expresa. "Hemos logrado una buena respuesta por parte de la comunidad a pesar de los problemas económicos".
El director está celebrando su décimo aniversario con la Orquesta Sinfónica de Long Beach, pero tiene cinco con la Filarmónica de Buenos Aires y 22 con la Sinfónica de Flint, de Michigan.
Hace cuatro años se despidió de la Orquesta Sinfónica Nacional de México, que dirigió por 17 años.
Con esa experiencia entre sus manos, el maestro ha logrado el reconocimiento en varios escenarios internacionales y no sólo es admirado por su talento sino también por su origen latino.
Pero él asegura que la simpatía hacia los músicos latinos y el apoyo que tienen ahora no ha sido siempre.
"A mi me tocó abrir brecha", asegura. "Tengo muchos años de dirigir en Estados Unidos y de alguna manera siempre he incluido a compositores latinos [en mis conciertos]".
Cuenta que desde que llegó a este país ha tratado de expandir ese talento musical hispano.
"Con la Filarmónica de Los Ángeles por primera vez se comenzó a escuchar música latina de una forma mas categórica, porque no se había impuesto, no estaba dentro de las programaciones", dijo.
Pero Diemecke reconoce que el talento latino siempre ha estado presente en toda América.
"Estamos entrenados tanto como los europeos o los norteamericanos, sólo ha sido cuestión de que nos dieran oportunidad, porque la preparación existe", explica.
Agrega que "hacía falta que lo permitieran, y cuando lo escucharon se quedaron sorprendidos de esa fogosidad y entrega que el latino tiene".
El conductor decidió celebrar su aniversario con una serie de composiciones rusas por la profundidad que guarda cada una de las piezas.
Por esa razón seleccionó la sinfonía de Sergie Prokofiev —considerado uno de los mejores compositores del siglo XX— llamada La clásica.
Luego presentará Concierto de piano número 2 de Rachmaninoff, el cual será interpretado por el virtuoso pianista Vladimir Feltsman.
Y para cerrar, el director dice que lo hará con "una obra fascinante", Cuadros de una exposición, de Modesto Mussorgsky y Mauricio Ravel.
"La obra encierra momentos fabulosos melódicos, con ritmos que complacen instantáneamente a quien lo escucha", dice.
sábado, 28 de agosto de 2010

SÁBADO, 28 DE AGOSTO DE 2010
MUSICA › EL PIANISTA ANDRAS SCHIFF SE PRESENTO EN EL TEATRO COLON
La asombrosa modernidad de Beethoven
El músico húngaro, uno de los máximos intérpretes de piano en la actualidad, brindó dos conciertos memorables. Uno como solista, para el Abono Centenario del Colón. Y el jueves fue el solista de la Filarmónica de Buenos Aires.
András Schiff se niega a llamar “Claro de luna” a la sonata de Beethoven que todos conocen por ese nombre. No lo es. Porque, dice, esa sonata ya tiene un nombre, puesto por el propio Beethoven: “Quasi una fantasia”. Ese detalle, buscar en la propia obra y en su escritura aquello que tiene para decir sintetiza a la perfección, en todo caso, el estilo del pianista. El martes tocó solo, para el Abono Centenario del Colón, comenzando precisamente con esa sonata que Beethoven presentaba como “casi una fantasía”. Y el jueves fue el solista del concierto de la Filarmónica de Buenos Aires y, con dirección de Arturo Diemecke, interpretó el Concierto Nº 5 de ese autor. Fueron dos actuaciones memorables y, en ambos casos, pusieron en escena la poderosa modernidad y el efecto revelador de una concepción filologista y ceñida a la más absoluta literalidad que, por otra parte, no desdeña ninguna de las posibilidades interpretativas del piano moderno.
En su concierto solista, Schiff rondó los límites del género que, en los siglos XVIII y XIX, se constituyó en terreno de abstracción. La Sonata Op. 27 Nº 2, ya desde su apelación a la idea de la fantasía, rompe con el género y, en el final del concierto, la Sonata Nº 21 en Do Mayor Op. 53 dedicada al conde Von Waldstein llevaba sus reglas hasta un abismo o, por lo menos, un nuevo punto de partida. Y entre ambas obras, el pianista tocó la primera de las sonatas de Schumann y su fenomenal Fantasía en Do Mayor Op.17 (nuevamente sonata y fantasía como puntos de tensión). Y ya en el comienzo de la “quasi una fantasia”, con el escrupuloso respeto a la indicación beethoveniana “debe tocarse esta pieza delicadísimamente y sin sordina”, plasmó su mundo interpretativo. El efecto buscado por el autor fue el de una bruma, con la resonancia de todo el instrumento, y Schiff lo tocó exactamente así, delicadísimamente y sin sordina (indicación que en tiempos de Beethoven, y de pianos muy poco resonantes, implicaba el uso del pedal resonador).
Más allá de la facilidad y la naturalidad que Schiff transmite, fue asombroso su dominio del color, su manera de lograr timbres y densidades diferentes según los registros –incluso simultáneamente, como en la Waldstein– y la absoluta liviandad de un fraseo que, no obstante, nunca perdía la fuerza y el impulso. Un Impromptu de Schubert, una de las Canciones sin palabras de Mendelssohn y el primer movimiento del Concierto italiano de Johann Sebastian Bach fueron la generosa respuesta del pianista a la ovación del público.
Para su actuación con la Filarmónica el Colón volvió a estar lleno hasta el tope y volvió a aplaudirlo con fervor durante largos minutos. El Concierto Nº 5 de Beethoven había sido interpretado de manera extraordinaria y también en este caso su toque, casi de clavecinista, había sobrevolado las texturas de la orquesta que, dirigida con justeza por Diemecke, fue una socia exacta. Como bis, Schiff, aplaudido también por la orquesta y el director sobre el escenario, tocó el Arabesque de Schumann. Prodigiosamente su sonido fue otro, su fraseo se espesó y Schiff brindó una verdadera lección de rubato. En la primera parte del concierto la orquesta había tocado la virtuosa Till Eullenspiegel, de Richard Strauss, y el Adagio de la inconclusa Sinfonía Nº 10, de Gustav Mahler. Pareja en todas sus filas, sensible a las marcaciones del director y homogénea en su fraseo, se destacaron los solistas de flauta y corno así como su concertino Pablo Saraví. En la obra de Mahler, la interpretación fue intensa y ya desde la exposición, a cargo de la fila de violas, se mantuvo un intenso clima expresivo. Diemecke, que logró además una precisa diferenciación estilística entre las tres obras, se abrazó al final del concierto con el solista. Y el abrazo fue merecido para ambos.

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lunes, 19 de julio de 2010
Digno homenaje a Schumann Atractivo concierto de la Filarmónica de Buenos Aires para Festivales Musicales

LA NACIÓN
martes, 13 de julio de 2010
Conferencia para la Audio Engineering Society, México

Jornadas educativas de la Audio Engineering Society - XPO SOUND:CHECK, 2010
"Este año, el ámbito de video e iluminación, volvieron a marcar junto con el audio, las áreas de desempeño profesional que mayor matricula representan para la industria –en términos de producción- con un 45 por ciento entre todas. Para atender a esta camada de profesionales, la presencia del programa educativo armado por la Audio Engineering Society México (AES), se ha convertido en un seminario imprescindible para quien desea hacer carrera en el competido ámbito de la sonorización y grabación de audio."
"Las ponencias dictadas por auténticos gurús en la materia como Chuck Ainley, Anibal Kerpel, Moogie Canazio, Wes Dooley, Andrés Mayo, Poppy Crum, Humberto Terán, Ed Cherney, Chris Lord Alge, Bob McCarthy, Gabriel Benitez, Enrique Diemecke, Rosino Serrano y Valeria Palomino, debatieron y analizaron temas relacionados con los desafíos del monitoreo personal, los procesadores de audio, los micrófonos de listón, psicoacústica, la grabación y producción sinfónica, el sonido de calidad en un home studio y la producción de un disco con calidad internacional
Un espacio de formación invaluable pues reúne a la elite de los profesionales locales e internacionales con nuestra comunidad."
Glosado a partir de un original de la Revista MUSIC LIFE, junio 2010.
lunes, 12 de julio de 2010
El público del futuro

Por Cecilia Scalisi Para LA NACION
Uno de los temas importantes que preocupan a las grandes instituciones musicales del mundo es la formación de sus nuevos públicos. Las respuestas a esa preocupación (que no sólo define el futuro de las salas de conciertos y teatros de ópera, sino que atañe también a las respectivas sociedades en que esos organismos actúan) son los variados programas educativos que implementan para la formación de alumnos y maestros. Sea cual fuere el formato, e independientemente de los recursos económicos que se destinen, dos comunes denominadores trascienden en los casos líderes: calidad y permanencia. La calidad implica poner en juego los mejores recursos artísticos y la participación directa de las figuras sobresalientes de esas instituciones (como Barenboim en la Staatsoper y Simon Rattle en la Filarmónica de Berlín). La permanencia denota continuidad, frecuencia, método y empeño. Así, por ejemplo y según el contexto de cada lugar, existen proyectos que apuntan a la creación de públicos desde la perspectiva de la integración racial, en comunidades donde la inmigración representa un tema sensible (tal el caso de Suiza). Otras instituciones concentran sus esfuerzos en difundir repertorios como cultura general, realizando temporadas infantiles de ópera y conciertos; mientras que otros teatros consolidan el aspecto educativo a través de la preparación de docentes que luego introducen a los niños en el género. Hay programas sencillos y los hay también sofisticados, como el ambicioso plan que instituyó una región de Alemania, de entregar un instrumento a cada niño en edad escolar, con la expectativa de asegurar que todo alumno pueda sostener la práctica instrumental como parte de su formación primaria, con un alcance de doscientos mil chicos y un presupuesto de cincuenta millones de euros. Existen iniciativas, como la de Daniel Barenboim y su orquesta Staatskapelle Berlin, del jardín de infantes musical, donde se incorpora la educación del oído desde la edad más temprana. Igualmente, la extensa serie de proyectos creativos de la Filarmónica de Berlín, con conciertos didácticos o ensayos a cargo de Zubin Mehta, Christoph von Dohnányi, Bernard Haitink o Gustavo Dudamel, es una muestra de cómo esa preocupación, en los países desarrollados, se traduce en programas de acción. Es en este marco de referencia internacional que cabe observar la realidad argentina y comprobar, con satisfacción, que el Teatro Colón, ya reabierto a la comunidad, no está ajeno y se ocupa de estas cuestiones. Cada institución en su contexto, siguiendo su tradición y atendiendo las necesidades de su entorno (como en el concepto de la "política de programación sensible" del brillante Kent Nagano), un plan sistemático en la Argentina debería priorizar el acceso igualitario a la cultura, como estímulo para superar las cada vez más profundas desigualdades sociales. Es bienvenida entonces la iniciativa de "Mi primer concierto en el Teatro Colón", una propuesta del Instituto Superior de Arte (ISA), en colaboración con el Ministerio de Educación de la ciudad, realizada entre el 14 y 16 de junio pasados. Mediante este programa, 6600 alumnos de escuelas porteñas de entre 8 y 11 años, preparados por sus docentes (trabajando con una guía didáctica durante un mes previo a la visita al teatro), fueron invitados a tres conciertos de la Filarmónica de Buenos Aires (OFBA), dirigida por Enrique Arturo Diemecke, con narraciones de Víctor Neuman. La distribución se planteó en un 60% de escuelas públicas y un 40% de escuelas privadas, convocadas según el orden de inscripción. Si bien el proyecto va por su tercer año (los anteriores fueron en la Legislatura y el Teatro del Globo), lo positivo del actual ciclo fue el hecho de haberlo presentado en el propio Teatro Colón, capitalizando así el interés suscitado por la reapertura. No es éste el único ni primer emprendimiento de promoción y enseñanza de la música; los hay desde antaño y en diversas formas (de hecho existe un programa de la ciudad para la formación de orquestas juveniles, por mencionar uno de los esfuerzos), pero sí debe ser destacado, puesto que el Colón, tras su reapertura, debe servir de ejemplo como institución líder de la vida cultural en el país. Eduardo Ihidoype -creador y verdadera alma máter del proyecto, músico de la OFBA y actual director del ISA- afirma que la inversión económica que demanda el proyecto es mínima, y que la realización no representa más que trabajo y ganas de hacer. "Los chicos reciben con felicidad lo que les damos los adultos", sostiene. Y ha sido admirable en ese sentido el comportamiento de los alumnos, que mantuvieron el orden para ingresar y el silencio a lo largo de las ejecuciones, así como reveladora la expresión de asombro, ante la fascinación despertada por la belleza del edificio. "Debemos crear nuevos públicos, pero -agrega Ihidoype- contribuir sobre todo a la formación de nuestros niños, que serán los dirigentes de mañana, los profesionales, maestros y políticos del futuro." Es importante por ello que el Teatro Colón se ocupe del tema y que lo haga bajo la fundamental premisa de la calidad. Luego será necesario extender el alcance del proyecto, asegurar la permanencia (convirtiéndolo si es posible en una temporada) y aumentar la regularidad de estos programas. Es también indispensable que nuestra dirigencia política -como lo han hecho otros países que decididamente invierten en educación y cultura- comprenda el valor de esta herramienta de integración y la apoye con el compromiso que augura la presencia del jefe de gobierno, quien acompañó a los alumnos en la última función del ciclo. De modo que, entre los beneficios de esta iniciativa, está en primer lugar la posibilidad de que los niños conozcan la sala y reciban ese inolvidable impacto con la alegría de una experiencia compartida con sus pares. Luego, en un nivel más profundo y menos inmediato, la idea de entablar contacto con el más elevado lenguaje de la música, el que exige concentración, capacidad de abstracción y disciplina de sostener el silencio; la aspiración de estimular el enaltecedor hábito de saber oír (tan deteriorado en nuestros días), y ensanchar el horizonte del pensamiento en la mente de los niños, que, frente a tanto entretenimiento superficial y vacuo, frente a tanta vulgaridad y decadencia que los rodea, encontrarán en la música un alimento espiritual que da calidad a la existencia humana. Los niños son nuestro espejo hacia el futuro. A ellos les legaremos este teatro que deben aprender a amar sin prejuicios ni resentimientos. Y así como cada padre individualmente atiende la educación de sus hijos, es saludable que, como sociedad, también actuemos en pos del conjunto. Enseñar, sin antagonismos estériles, la dicha de disfrutar y crecer con la música.
© LA NACION La autora es musicóloga y periodista.
sábado, 12 de junio de 2010
Sharon Bezaly junto a la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires

La joven flautista israelí se presentará junto a la O.F.B.A. en el Teatro Colón. En esa oportunidad interpretará el concierto para flauta de Aram Khachaturian. Director: Enrique Arturo Diemecke
Teatro Colón Ciclo de Abono a 18 conciertos Orquesta Filarmónica de Bs. As.
Solista: Sharon Bezaly, flauta Coro Estable del Teatro Colón Director Invitado: Antonio Domenighini Director: Enrique Arturo Diemecke En programa: Aram Khachaturian Concierto para flauta (adaptación de Jean Pierre Rampal del Concierto para violín) Gustav Mahler Sinfonía Nº 2 en Do menor, “Resurrección”.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Director de orquesta mexicano Enrique Arturo Diemecke recibe el Orfeo lírico
viernes, 6 de febrero de 2009
Long Beach, California / Enero 2009

Tchaikovsky soars to new heights under concertmaster Roger Wilkie
By John Farrell, Special to the Press-Telegram
Posted: 02/02/2009 05:27:24 PM PST
All orchestras have personalities, and, over time, those personalities become easily recognizable, like an old friend's face.
The Long Beach Symphony Orchestra, in the middle of its eighth year under the baton of Music Director Enrique Arturo Diemecke, has such a personality.
There's a sense of family, with a core group of musicians who have played together for years and have become the kind of supportive musical team for which conductors and audiences always hope.
There's a sense of power, as well, for Diemecke has never shied away from the big orchestral sound and its challenges, and the symphony has learned to provide sheer power - elegant power, shimmering power - with the same easy agility a baseball slugger uses to drive a fastball over the wall.
Both the power and the family connection were on display Saturday at the Terrace Theater of the Long Beach Performing Arts Center, as Diemecke led his band through an evening of the powerful orchestral delights of three big pieces of music by Tchaikovsky, that late 19th-century master of orchestral passion and instrumental grace.
The family connection was most apparent in the brilliant Violin Concerto, with the orchestra's long-time concertmaster, Roger Wilkie, as soloist.
Diemecke has long made a point of showcasing orchestra principles as soloists, and this wasn't Wilkie's first time in front of the orchestra. It may well have been his best, though. It is hard to remember a performance of this popular concerto, or many others equally as well-known, delivered with such confidence and power and physical presence.
From the start, with his introduction of the moving primary theme of the concerto, it was clear Wilkie's violin was going to rule the performance. His instrument has a powerful, dominant voice that was always strong against even the most powerful orchestral passages, always crisp and bursting with energy.
Equally important was Wilkie's relaxed, almost playful approach to the work. He clearly felt confident in his musical family's support, and in Diemecke's cooperation, and there were moments when he seemed almost casual about rests, plucked notes and passages full of high-speed fingerings and double stops.
It was exhilarating to watch him, sometimes serious, sometimes playful.
His reading of the solo first-movement cadenza was a lengthy moment of bravura technique, surpassing lyricism and deep emotion. Diemecke asks that his audiences not applaud between movements of a work, and they usually respect his wishes, but this first movement provoked applause so lengthy Diemecke had to gesture for quiet before the work continued to its brilliant finish.
The evening opened with the dark-colored tone poem "Francesca da Rimini," a work that calls for a big orchestra and a huge sound, violent and even a bit frightening as Tchaikovsky tells the story of a woman condemned to hell in Dante's "Inferno" for making love to her husband's brother.
An imaginative listener might hear a little autobiography in the work and can't miss the laments of those in the swirling smokes and mist of one of the lowest rings of hell.
Diemecke calls this one of his favorite works, and he led it with precise detail and perfect control.
The evening ended with the composer's "Little Russia" symphony, his second, a work inspired by the Ukraine, known as "Little Russia" then, and filled with tunes that are drawn from or inspired by folk music.
Though the work was written early in his career, it still has all the hallmarks of Tchaikovsky's orchestral writing: brilliant brass passages, shimmering effects in the woodwinds, a rich use of the strings and plenty of powerful but carefully used percussion.
Principal French Horn Joseph Meyer played the daunting and exposed open horn passages with perfection, and the dance-filled third movement was a delight of rhythmic energy.
John Farrell is a Long Beach freelance writer. More of his articles can be read at http://byjohnfarrell.typepad.com.
Críticas de Long Beach, California (enero 2009)
By Jim Ruggirello
Downtown Gazette ~ Grunion Gazette
This is getting boring.
The Long Beach Symphony is playing at such a high level these days, and Saturday's all-Tchaikovsky program at the Terrace Theater exhibited such a really astonishing quality of execution, that they leave us critics with very little to criticize. I hate it when that happens.
Tchaikovsky writes for, and demands, a truly virtuoso ensemble. The expression is heightened in intensity, so there is nowhere to hide. His counterpoint is surprisingly intricate, so technique must be spot-on. And throughout all of his works, the composer, like the audience, requires a consistently beautiful sound.
Music director Enrique Arturo Diemecke understands all that, and fortunately our local band is more than up to the various tasks at hand. From the opening of "Francesca da Rimini" to the closing bars of the Symphony No. 2, the LBSO winds and brass created some amazing tonal colors, the strings were really magnificent and the percussion did their usual exemplary (and underappreciated) work.
Diemecke's ability to achieve perfect balance and transparent textures was everywhere in evidence. Striking solo contributions came from Gary Bovyer (clarinet, inexplicably denied a solo bow for "Francesca"), English horn Joan Elardo, flute Heather Clark and horn Joseph Meyer. The entire evening was a display of orchestral playing at its best.
Speaking of soloists, LBSO concertmaster Roger Wilkie played the violin concerto between the tone poem and the symphony, and demonstrated once again why we are so lucky to have him. His sound was huge, filling the cavernous auditorium with ease, and gorgeous. The concerto's well-known technical challenges seemingly presented no challenge at all, and the entire performance was simply wonderful, the equal of many with more celebrated names. Meanwhile, Agnes Gottschewski filled in capably as the violins' leader.
I'm reduced to criticizing Tchaikovsky, since the poor man isn't around to defend himself. "Francesca da Rimini" is very long, and I had trouble hearing any memorable tunes, which made it seem even longer. The piece is certainly dramatic enough, especially in its depiction of the whirlwind that traps the unfortunate lovers in Dante's story, but I suspect most of the audience would rather have been listening to "Romeo and Juliet," which has lots of great tunes and is shorter.
And it's easy to see why No. 2 isn't as well known as the last three symphonies. It begins well enough, with a nicely constructed first movement, but then we get this inane little march, an undistinguished scherzo, and a finale that degenerates towards the end into noisy, over-the-top bombast. For some reason, the finale's momentum is halted in mid-onrush by a gong. A gong? Where the heck did that come from?
Diemecke conducted, and the orchestra played, as if everything was a masterpiece. Indeed, Tchaikovsky was a great composer, even if, except for the violin concerto, these works are not his greatest, and the LBSO continues to demonstrate its development as a great orchestra. Enrique Arturo Diemecke is a great conductor and orchestra builder. Isn't that great?
martes, 20 de enero de 2009
Empezando el año con Mahler: como debe ser

Flint Symphony Orchestra elevates the drama with Gustav Mahler's Fifth
Posted by Laurence E. MacDonald | Contributing writer January 19, 2009 21:48PM
Ever since Leonard Bernstein launched a pioneering series of concerts featuring the symphonies of Gustav Mahler in the early 1960s, almost every major conductor has become a Mahler devotee. But few have approached Mahler's music with the sheer passion that has been the trademark of Flint Symphony music director Enrique Diemecke. The latest demonstration of Diemecke's devotion took place Saturday as the FSO performed a splendidly dramatic rendition of Mahler's Fifth Symphony.
The drama was displayed early on with the opening trumpet fanfare, which was just one of many moments featuring the golden tones of trumpeter Mark Flegg.
The first movement's subsequent funeral march theme, which included outstanding playing by the FSO strings, hinted further at a descriptive content regarding an unnamed person's death, subsequent burial, and ultimate rebirth. Although Mahler himself denied any descriptive ideas for this work, Diemecke's explanation gave the audience a thought-provoking way of handling this symphony's excessive length, which added up to far more than an hour.
In the second of the work's five movements, a rambunctious beginning theme, with exciting playing by the woodwinds, was followed by a somber theme that was beautifully rendered by the FSO's cellos.
The third movement, which Mahler called a "scherzo," was not only the longest of the five, but also one of the most beautifully played, with outstanding work by the French horns, under the sturdy leadership of Carrie Banfield-Taplin. The multiple layers of Mahler's music were superbly controlled by Diemecke, who used neither a baton nor printed score
The best-known part of this symphony is the slow Adagietto, the long-held notes of which were lyrically played by the FSO strings, led by principal violinist Andrew Jennings. A delicate harp accompaniment featured lovely playing by FSO's harpist Amy Ley. This gem of a movement proved to be a sublime highlight of the evening.
The Rondo-Finale, while not as musically inspired as the Adagietto, brought the symphony to a triumphant ending, with a final theme that featured outstanding work by the entire brass section. If by the end of the work the brass playing became a bit faulty at times, chalk that up to the sheer volume of work demanded of them. The overall dramatic impact of the Mahler Fifth was still intact. Indeed, the FSO has seldom performed with such magnificent flair.
The only other work on Saturday's program, Saint-Saens' Piano Concerto No. 5, featured wonderfully supple playing by guest pianist Lilya Zilberstein. Although she kept racing ahead of the orchestra early in the first movement, for most of the work's length there was a gorgeous sense of ensemble. After the nimble-fingered opening movement, Zilberstein offered a lyrical second movement, the exotic melodies of which have resulted in this work being known as the "Egyptian Concerto."
The fast-paced finale, with rippling keyboard scales and arpeggios, brought this regrettably little-known work to a flashy finish. The standing ovation Zilberstein received was most richly deserved.
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